martes, 18 de octubre de 2011

El Metro en Granada

FOTO: IDEAL
Es complicado imaginar cómo una obra a la que tan buen resultado le pudiera haber sacado la Junta de Andalucía esté causando tanto dolor de cabeza en Sevilla. La torpeza en la gestión de este asunto, además le está explotando en la cara a los socialistas de Granada que no han tenido más remedio que adoptar un rol reivindicativo contra san Telmo, aunque quizás ya sea demasiado tarde.
No hay más que echar un vistazo a la prensa local cada día para ver el enorme malestar que unas obras atascadas está causando en la ciudadanía. No obstante hay que recordar un detalle que parece olvidarse: El proyecto inicial del Metro se parece al actual lo que un huevo a una sandía.


Olvidamos que el Metro sería un tranvía, hasta que a Torres Hurtado se le puso en el óvalo convertirlo en un tren subterráneo que, para máyor inri debía sortear el cauce del río Genil a su paso por el Camino de Ronda, debía ser intermodal con la estación del tren y esquivaría el tráfico en el barrio del Zaidín con la soltura, elegancia y eficacia de Messi contra el Getafe.

Pues bien, años después de iniciar al obra tenemos una situación empantanada, decenas de negocios cerrados culpando al Metro y un donde dije digo, digo Diego en el barrio del Zaidín. Demasiadas rectificaciones, mucha improvisación y una buena dosis de cara dura en este asunto.

Por un lado, Torres Hurtado debería tener la boca cerrada en un asunto en el que lo único que ha puesto ha sido palos y chinas en el camino de la Junta. Pero de dinero ni hablar. Sin embargo, su discurso lastimero y llorón ha encontrado un asidero magnífico en la falta de liquidez de una Junta que se ha visto desbordada.

Y por otro lado, el Gobierno autonómico, cediendo a todas y cada una de las pretensiones del alcalde, sin estudiar ni oír a los que decían que lo planteado por el Ayuntamiento era casi imposible. Pero Torres econtró una aliada excelente e improvisada en una Rosa Aguilar a la que le daba todo más o menos igual.

Rosa ya no es consejera del asunto. Está muy lejos, en Madrid. Pero sus compañeros sí se han quedado para aguantar su velas, sus palos y sus incoherencias. 

Me enseñaron las dominicas de mi colegio que uno peca de pensamiento, palabra, obra y omisión. La Junta enarbola cada una de las formas de pecar y ya no hay cura que confiese ni Dios que exculpe. Tocaría echar el resto, dar una bofetada de buena gestión a un alcalde al que el Metro ni le va ni le viene, pero que le está construyendo un discurso tan bueno que lo mantiene sin gobernar y ganando por segundo mandato consecutivo. Pero eso, creo que ya ni bastaría.

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