lunes, 29 de agosto de 2011

Un republicano en Granada (III)

El pasado viernes tuve la oportunidad de realizar mi primera entrevista personal en relación con el libro que pretendo escribir recreando la vida política de Pareja Yévenes, catedrático de la Universidad de Granada que tuvo el honor de proclamar en Granada la II República.
La persona con la que iba a hablar fue la doctora Enriqueta Barranco, conocida ginecóloga granadina y autora de un extenso trabajo biográfico del líder del socialismo granadino en esa misma época, Alejandro Otero.
Enriqueta Barranco en el momento en el que me dedicaba su biografía de Otero

La charla con Enriqueta, alargada durante unas dos horas, se convirtió en una excusa magnífica para poner encima de la mesa la necesidad que existe en este país de recuperar esa parte de nuestra memoria que nos arrebataron con una Guerra Civil y 40 años de Dictadura.
No descubro nada si digo que la represión en Granada fue brutal, especialmente brutal, pues la ciudad no fue vanguardia ni frente en ningún momento. A pesar de ello, decenas de miles de granadinos y granadinas fueron 'depuradas' por los golpistas. Eso le sucedió al Capitán Fenoll cuya viuda, musulmana en la España de los 30,  esconde una brutal historia de huidas, solidaridad, conversiones y supervivencia.
Un caso parecido al de esa viuda le pasó al propietario de una conocida imprenta de la ciudad. Su delito ser concejal socialista desde 1936. Su hijo, un octogenario fue descubierto por Barranco llorando por los archivos de la Chancillería, porque no existía la referencia del proceso que sentenció a muerte a su progenitor en las tapias del cementerio.
Pero de todas las historias que me contó Enriqueta quiero finalizar este post con una de ellas, quizás la que más me sobrecogió y que incluso me hizo llorar.
Se trata de un joven líder socialista, máximo responsable en Granada de las Juventudes Socialistas, un prometedor estudiante de medicina que tuvo que huír de las represalias. Durante toda su vida, su larga vida desarrolló su labor profesional en el Instituto Luis Pasteur, en París. Quiso morir en España. Con casi un siglo de vida dejó por escrito su última voluntad: Ser incinerado y que sus cenizas descansaran en llas tapias del cementerio en las que dejaron sus vidas a balazos todos sus compañeros, todos sus amigos.

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